Las piezas de canto rodado con que fueron compuestos estos muros, quizá proceden de las montañas de escombro que dejaron las labores de la minería aurífera romana justo al otro lado del cauce.
Algunos lienzos de este castillo resisten todavía, después cinco siglos de equilibrismo, sobre el peñasco contra el que topa el agua para virar al sur con omañesa resignación.
La obra que aun puede verse por el oeste, hace tiempo que dejó de ser un torreón para erigirse en un portento. El desgarro que muestran las imágenes parece un último recurso de autodefensa. El viento que se cuela por la brecha no empuja lo poco que aún se mantiene en pie y, así, el milagro permanece. Pero el nido de cigüeñas crece muy deprisa y, cualquier dia, el despegue de una de estas aves tumbará un tramo más.
En el siglo XV, el padre del Primer Conde de Luna amplió esta construcción y la reforzó para hacer de ella una verdadera fortaleza, residencia ocasional y, ante todo, estación de control sobre la ruta omañesa hacia Leitariegos. Como es sabido, los Quiñones se enseñorearon durante mucho tiempo de los valles del noroeste leonés, de sus puertos ganaderos y de las vías de paso hacia Asturias.
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